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El arte en una cantera
Escombros, o los artistas de lo que queda

Página 12. Pág. 4. Buenos Aires, 9 de diciembre de 1989

(Por E.F.) ¿Podrá la imaginación transformar la desesperación en deseo? La pregunta, disparada por un personaje del formidable novelista mexicano Carlos Fuentes, de algún modo se relaciona con la ciudad del arte, promesa utópica del Grupo Escombros (artistas de lo que queda) que hoy emerge del vacío de una cantera desolada de Hernández, en 524 y 26, "para dar muerte a la muerte".

Allí se darán cita, por espacio de varios días, pintores, músicos, actores, poetas, escultores, bailarines, fotógrafos y mimos, sin jueces, censores ni premios para decir cosas sobre el abismo que separa la esperanza humana de la condición humana. A estos fines, sobre el terreno elegido se hará una grilla semejante al plano de la ciudad. Las líneas del trazado se transformarán en calles por donde transitará el público, en lugar que fue definido por los organizadores como bueno para pintar sobre el suelo, crear obras con tierra o fuego y usar elementos de la cantera (troncos, neumáticos, aserrìn, basura, etc.)

Escombros, integrado por Juan Carlos Romero, Héctor Puppo, Luis Pazos y Horacio D'Alessandro, realizó su primera muestra colectiva -El arte en las ruinas- en mayo de este año, entre los restos de una cantera dinamitada, en el barrio de Ringuelet, con la intervención de más de un centenar de artistas. En este caso, tanto como en aquel, "fue un gesto fraterno, al margen de las distintas concepciones estéticas, en defensa de los valores de la vida: la imaginación, la libertad, la dignidad, el trabajo, la voluntad, la justicia", expresa un documento del grupo.

En otro tramo, el texto precisa que "ninguno de los dos paisajes fue elegido al azar. Las ruinas de la calera simbolizaban la Argentina de ese momento; un Estdo en proceso de disolución y una sociedad que contemplaba inerme su propio derrumbe. Hoy, el país es otro, las ruinas ya no amenazan. Pero el edificio tampoco fue construido. La Argentina, como la cantera, es un enorme vacío, un espacio en blanco, que para algunos es una esperanza, para otros un desafío y para muchos una interrogación. Para los artistas argentinos que fundan La ciudad del arte, el vacío representa la voluntad inquebrantable de poblar la nada".

Puppo aseguró que algunas de las ideas que sustenta el grupo pueden rastrearse en los años iniciales de la década del 70. "En Plaza Francia cercamos un tramo con alambres e hicimos un video como testimonio de una sociedad rota, fragmentada, dividida. Tuvo muy buena acogida en Europa y fue útil para plantear, al menos en forma embrionaria, algo que más tarde logramos consumar con mayor precisión."

Puppo, un publicista volcado al arte, valiéndose del manifiesto del grupo aseguró que "somos la ética de la desobediencia, una ética que se opone tanto a la indiferencia como a la resignación, dos variantes letales para el hombre. Estamos enfrentados con el poder, en un situación de conflicto. No aceptamos el orden establecido por la sencilla razón de que es injusto y la arbitrariedad no nos gusta para nada. En este grupo, abierto y horizontal, no hay patrones ni límites en cuanto a su cantidad. Cualquiera puede sumarse y todos, sin excepción, tenemos el derecho más absoluto de opinar y decidir. No hay espacio, está claro, para los que tengan veleidades de monarca. Escombros, en pocas palabras, nace, muerte y renace constantemente. No tiene titiriteros que lo manejen políticamente a sus espaldas y tampoco tiene propuestas para lo futuro. Parte de visiones irracionales que se materializan y punto. Acá no hay cazadores de éxito. Nunca pensamos, por ejemplo, que algunas de nuestras visiones atroces, como las de tipos hechos bolsa, pudieran lograr que algunas personas meditaran y se sintieran felices. El arte es así, tiene esa facultad inagotable de sorprender".

El lugar escogido por Escombros para realizar sus obras es, por lo menos, provocador: la calle. Esto tampoco es casual y responde, según Puppo a que allí se encuentra la realidad, sin disfraces ni condicionamientos, el desamparo, las necesidades sin solución, las preguntas sin respuesta, el material de nuestras obras, que somos nosotros mismos, inestables e imprevisibles".

La calle es un vocablo abarcativo que cubre, según Puppo, "una plaza, una fábrica abandonada, una playa de estacionamiento, una esquina cualquiera que termina transformándose en una galería de arte. Ocupamos todo el espacio que la desidia, el capricho o el afán de destrucción quitó a la ciudad para entregárselo a la nada. Reconstruimos lo roto, reparamos lo violado, devolvemos lo saqueado. Construimos entre desechos con los desechos y esto explica por qué nos definimos como artistas de lo que queda. Los museos y las galerías son espacios helados. El campo de batalla está en otras partes. Es cuestión de buscarlas, incluso hasta la propia desesperación, con la fuerza final de un animal malherido".

El primer intento, acaso vital para la conformación de Escombros se produjo en una vieja casona de San Telmo que fue demolida una semana antes de presentar la muestra. "Desde allí -subrayó Puppo- con la pancarta como modelo, nos instalamos debajo de una autopista en Paseo Colón y Cochabamba. La experiencia nos fue desbordando y desembocó en una manifestación a la que se plegaron muchas personas. Impensadamente nos encontramos inmersos en otra dimensión, manifestando por la calle. Nada de esto estaba previsto. Surgió, como tantas cosas gratas, a partir de algún comentario que ganó fervores y se expandió por el grupo. La solidaridad de la gente por la calle, en medio de bocinazos, apresuramiento y locura, nos sorprendió. Fue importante para decisiones posteriores ese orden precario que se fue construyendo solidariamente".

Puppo negó que la propuesta de Escombros tenga algo que ver con el elitismo, un cargo que circuló en algunos ambientes artísticos de la ciudad. "En la cantera dinamitada -confió- contamos con el apoyo desinteresado de mucha gente humilde que contribuyó a limpiar y ordenar el lugar e incluso nos suministró energía eléctrica. Cuando tratamos de pagar, cosa que nos pareció lógica, ninguno quiso tomar un centavo.

¿Esto tiene algo que ver con el elitismo que algunos, muy pocos, nos quieren imputar? A ese lugar concurrieron empleados, obreros, cirujas, desocupados. Nosotros no elegimos un público ni ponemos límites a los artistas que quieren participar. A La ciudad del arte, por caso, van a venir viejitos de un ateneo literario, gente sencilla y figuras de renombre. A nadie le pedimos currículo aún a riesgo de que esto se convierta en un circo. Son muchos los que quieren intervenir, en medio de un panorama desolador, sin servicios, donde no se puede descartar que, en medio de la exposición, cuando alguien está haciendo música o leyendo versos, una manada de vacas atraviese el lugar tal como ocurre casi a diario. Esto es un desafío. Una irreverencia si se quiere."

La muestra, como una criatura almodovariana, dará que hablar. Se parece a una cultura de la resistencia, gestada, parafraseando a Benjamin, desde la auténtica conciencia de la soledad.

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